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La verdad es que todo en la vida de Paul Erdös, el matemático
más prolífico de la historia después de Euler,
es pura anécdota. Vivió por y para las matemáticas,
y renunció a todo lo que significase una traba para su ansia
de resolver problemas. Una muestra de su personalidad puede ser el particular
vocabulario que utilizaba, vocabulario que todo aquel que se relacionaba
con él debía conocer.
Al marido y a la esposa los llamaba, respectivamente, esclavo y jefe; al matrimonio, captura y, por supuesto, al divorcio, liberación; a la música, ruido; al alcohol, veneno; a dar clase, predicar; a Dios, del que decía
“Con tantas cosas malas en el mundo, no estoy seguro de que Dios,
si existe, sea bueno”, lo llamaba el Supremo Fascista;
a abandonar las matemáticas le decía morirse, mientras
que para él morirse de verdad era dejarnos. Y a los niños...a
los niños los llamaba epsilones, por ser la letra
griega ε (épsilon) la que habitualmente se utiliza
en matemáticas para indicar cantidades muy pequeñas.
Pero lo mejor es su definición de matemático: "Un
matemático es una máquina de convertir café en
teoremas".
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