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Para congraciarse con los españoles, las escuadras francesas
tenían la orden de acomodarse en cuanto pudiesen a las costumbres
del país. Un buen día llegó una corta escuadra
a Cartagena. El comandante destacó en una lancha a un oficial
para que se presentase al gobernador y para que, de paso, obervase si
había en el traje de los españoles alguna particularidad
que se pudiese imitar por la oficiliadad francesa. Como serían
las dos de un caluroso mediodía de julio el muelle estaba prácticamente
desierto, a excepción hecha de un religioso que llevaba anteojos
y de un anciano caballero que también los llevaba. De este hecho
el joven oficial sacó la conclusión de que todos los españoles,
sin distinción de sexo, edad o clase llevaban anteojos, por lo
que de vuelta al barco así se lo hizo saber a su comandante.
La casualidad quiso que llevasen a bordo varias docenas de anteojos,
lo que permitió que cada oficial bajase a tierra con un par sobre
sus narices.
La noticia de la llegada de la escuadra había llegado ya a la
población, que se había congregado multitudinariamente
en el muelle para recibir a los franceses. Cuál no sería
su sorpresa cuando vieron a todos aquellos oficiales provistos de anteojos.
Todo empezó con unas risas, siguió con unas carcajadas
y terminó en una auténtica batalla campal entre unos soldados
españoles que allí había y los marineros franceses.
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